Festival sin filtros: el otro Cannes fuera de la alfombra roja

El Festival de Cannes camina hacia su recta final. Si apartamos la mirada de los focos principales y dejamos que los pies nos lleven por la ciudad, encontramos otro Cannes, uno que los medios raramente cuentan.

Es una ciudad pequeña, pero con una energía desproporcionada durante el festival. Restaurantes llenos, calles siempre abarrotadas, gente de todas las edades, etnias e idiomas. Chinos, japoneses, brasileños, peruanos, españoles y, sobre todo, franceses. Gente de todo el mundo que viene a mostrar su trabajo audiovisual, a construir redes de contactos, a expandir su cine más allá de las fronteras de su propio país. Cannes, durante estas dos semanas, es el lugar ideal para eso.

Porque el festival no vive solo en la pantalla ni en el glamour de la alfombra roja. Vive también, y quizás sobre todo, en lo que ocurre al lado: el Marché du Film, el mercado del audiovisual, donde productores encuentran coproductores, directores encuentran actores y equipos enteros se forman en una conversación de diez minutos. La gente se conecta, intercambia ideas y enseña al mundo un pedazo de su trabajo.

Pero si salimos de ese escenario y nos asomamos a los bastidores del festival, encontramos cosas que nadie suele contar.

Nadie te habla de que a las 7 de la mañana el personaje principal de la alfombra roja es una aspiradora, borrando las huellas de una noche que quedará marcada en la memoria de muchos. Nadie te cuenta que, mientras cierran las calles para que los coches, los llamados carruajes del glamour, dejen a sus ilustres invitados frente a los focos, en una pequeña plaza al lado del gran teatro, personas mayores se divierten jugando tranquilamente a la petanca. Los vecinos de Cannes solo quieren seguir con su vida, discreta y cotidiana, mientras el mundo mira hacia ellos.

Y nadie habla tampoco de los fotógrafos. Los vemos siempre a los lados de la alfombra, pero pocos se preguntan cómo llegan las imágenes del festival hasta los medios de todo el mundo. Desde el primer día, los fotógrafos reservan su sitio colocando su escalera en la zona privilegiada frente a la alfombra. Es una competición silenciosa por el mejor ángulo; cada centímetro cuenta para conseguir ese plano que circulará por todas las pantallas del mundo.

El festival está lleno de historias que no están en la pantalla.

Como la de la gente que no consiguió entrada para su película favorita y se planta en la calle con un cartelito escrito a mano, pidiendo que alguien que no vaya a usar su ticket se lo regale. O como la de los que vienen por la imagen, porque hoy todo es imagen, y Cannes es el escenario perfecto. En cada plaza, en cada rincón de la playa, hay alguien haciendo una sesión de fotos. Cada uno quiere llevarse su recuerdo del mayor festival de cine del mundo.

Cannes es, en realidad, una película en sí misma. La ciudad no para ni a las 8 de la mañana ni a las 4 de la madrugada. Después de la alfombra siempre hay una fiesta, siempre hay un evento de negocios, siempre hay una persona nueva que conocer.

Cannes se convierte, al final, en un gran encuentro del mundo. Con todas sus diversidades y diferencias, pero con un único objetivo compartido: que el cine sea cada vez más grande y ocupe cada vez más espacio en todas partes.

Por Ana Vaz — Cannes, mayo de 2026

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